Esta semana estuve en el Círculo de Bellas Artes con Alejandro Jiménez Cid, bibliotecario y miembro de Laboratorios Bibliotecarios, el grupo que coordina Diego Gracia desde el Ministerio de Cultura y que lleva años montando laboratorios ciudadanos dentro de las bibliotecas públicas. La conversación salía de un artículo de Alejandro, «Las bibliotecas en la encrucijada del poder», que lee la biblioteca con Foucault: un espacio que se presenta como horizontal y democrático y que puede acabar siendo el sitio donde se reparte, de forma asimétrica, quién sabe y quién habla. A mí me invitaban por El algoritmo paternalista, y mi parte era internet.
Internet nos sirvió de contraejemplo. Lo que Alejandro teme para la biblioteca, que un espacio común acabe repartiendo quién sabe y quién habla, a internet ya le ha pasado, y entero, en treinta años.
Naomi Klein, en un discurso ante bibliotecarios en Toronto en 2003 que Alejandro recoge en otro de sus artículos, le atribuía a la biblioteca pública tres valores: el conocimiento frente a la información, el espacio público frente al comercial, compartir frente a comprar y vender. Internet nació con los tres y los ha perdido uno a uno. El espacio público se volvió plataforma. El conocimiento se volvió información ordenada por un algoritmo que nadie ve, que es la forma que toma el algoritmo paternalista cuando se hace infraestructura. Y el compartir, décadas de contenido público, software libre y cultura abierta (y también con derechos de autor), acabó como material de entrenamiento y nos vuelve como memoria colectiva privatizada en forma de grandes modelos de lenguaje.
Se repite mucho que internet cambió el mundo. Yo creo que fue al revés. El mundo, con su manera de producir y de acumular, cambió internet, y lo hizo en la misma dirección en la que está cambiando todo lo demás.
Emmanuel Rodríguez llama a esa dirección la lenta irrupción de la catástrofe: no un acontecimiento que nos espera, sino la condición del presente, que nos vamos tomando en gotas homeopáticas desde hace unos años. Andoni Alonso e Iñaki Arzoz hablan de Colapsoceno, un tiempo en el que la distopía lo abarca todo y nadie escribe una utopía desde hace treinta años. No es el colapso. El colapso es el apagón, y sobre todo un registro emocional, una aceptación resignada del fracaso político. La catástrofe no tiene fecha. Es la certeza compartida de que la vida en la opulencia que conocimos no va a volver. Fisher hablaba de la lenta cancelación del futuro; ya ni hace falta cancelarlo, porque nadie en su sano juicio predice uno mejor (Emmanuel). Con una excepción: los tecnomagos de la inteligencia artificial, que para Alonso y Arzoz son los santos de una nueva iglesia tecno-hermética. Es la misma euforia que escribí a propósito de David Heinemeier Hansson: unos pocos escriben la hiperstición de que la IA lo va a cambiar todo justo cuando el resto ha dejado de creer en el futuro.
En ese clima, Rodríguez habla de impotencia, y la idea la toma de Paolo Virno: la impotencia de hoy no viene de que nos falte capacidad, sino de que nos sobra. Hay más conocimiento, más herramientas y más gente formada que nunca, y esa potencia se queda guardada, «como una comida metida en la nevera», destinada a echarse a perder. Fisher lo llamaba impotencia reflexiva, saber que va mal y saber que no se puede hacer nada. En lo digital se podría llamar atonía: el sujeto que llega sin expectativas y al que el sistema no desvía sino que produce. Es siempre lo mismo, una potencia que tenemos y no usamos.
Visto así, lo que le pasó a internet tiene otra lectura. Marta G. Franco habla de un robo, y lo es, pero no nos robaron solo la infraestructura. Nos robaron la manera de hacer cosas juntos. Internet está lleno de gente que sabe, que se forma, que opina y enseña lo que sabe, cada cual con su conocimiento situado, y casi nada de eso se convierte en una práctica común que se repita. Igual el 15M fue el momento en que toda esa capacidad pasó al acto, y duró lo que duró porque no tenía un sitio propio donde quedarse. Lo que la plataforma nos devuelve a cambio es, como mucho, una audiencia. La diferencia entre una comunidad y lo que los streamers llaman «mi comunidad» es esa: la primera hace y la segunda mira.
Entonces la IA lo lleva al extremo. Un modelo de lenguaje es el saber de millones de personas comprimido en algo que no hace nada hasta que alguien lo usa, y quien decide cómo se usa, a qué precio y para qué, es una empresa. Es una memoria colectiva privatizada. Alejandro planteaba si la inteligencia colectiva y la memoria colectiva privatizada son opuestas o complementarias. Yo creo que son la misma capacidad en dos estados, y lo que las separa es si hay alguien que la use en común.
Ahí es donde entran los laboratorios bibliotecarios. La biblioteca ya era, antes de los laboratorios, la institución que resolvió cómo compartir sin expropiar y cómo darte acceso a la información sin necesitar saber quién eres. Lo que añade el laboratorio es el uso: poner a cooperar a gente que de otra manera se quedaría cada uno en su casa con lo que sabe, en un sitio con reglas, que se repite y al que se puede volver. Alejandro lo llamó «hackear las bibliotecas», y creo que es la formulación correcta.
Durante veinte años la dirección fue del mundo a internet. La realidad material del mundo se transmitía a la red. Creo que toca invertir esa dirección, porque hubo cosas que funcionaron. Tratar a los usuarios como colaboradores, cocreadores, que es lo que Alejandro recuperaba de La catedral y el bazar para gestionar un laboratorio. El fork como derecho, irte con una copia y seguir. El registro público del proceso, enseñar lo que está a medias. La federación, que permite ser pequeño y estar conectado. Las listas, los wikis, la revisión entre pares. Nada de eso necesita una plataforma, y todo cabe en un espacio comunitario, en un colectivo, en lo militante. Igual se trata de indagar cuáles son los elementos realmente sugerentes de nuestra construcción de internet, llevarlos al mundo y con eso tener un programa practicable.
Desde esta revisión igual hasta podemos repensar la inteligencia artificial. Un modelo deja de ser inerte cuando un grupo lo usa con límite: sobre un corpus concreto, para una tarea concreta, con una manera de hacerlo que se repite, se corrige y se le puede enseñar al siguiente. Transformar, no generar: trabajar con la IA sobre lo que ya tenemos y sabemos verificar. Si lo exploramos y lo logramos, un modelo de lenguaje dentro de un laboratorio bibliotecario (o de otro tipo) es, aunque sea en pequeño, esa memoria colectiva devuelta a quienes la produjeron.
Frente a la grandilocuencia de la estrategia aceleracionista de estos tecnomagos, igual se trata de pensar en Futuros Temporalmente Autónomos, laboratorios de autonomía, un lugar propio. Fisher cerraba Realismo capitalista con la idea de que, precisamente porque esa ficción lo ocupa todo, el acontecimiento más pequeño puede abrir un agujero en el telón gris de lo que creemos posible. Una conversación en una biblioteca es poca cosa al lado de las keynotes de este aceleracionismo solucionista. Pero si las ficciones se hacen reales cuando se creen y se actúan, prefiero esta: unos espacios públicos, al alcance de muchas manos, donde se usa lo que sabemos de sobra, con lo que aprendimos en internet y a pesar de lo que internet se ha vuelto.
Fuentes
- Alejandro Jiménez Cid, «Las bibliotecas en la encrucijada del poder», Laboratorios Bibliotecarios: https://labsbibliotecarios.es/las-bibliotecas-en-la-encrucijada-del-poder/
- Alejandro Jiménez Cid, «¿Neutralidad o activismo? El compromiso de las bibliotecas públicas con la ciudadanía», Laboratorios Bibliotecarios, diciembre de 2025: https://labsbibliotecarios.es/neutralidad-o-activismo-el-compromiso-de-las-bibliotecas-publicas-con-la-ciudadania/
- Paolo Virno, Sobre la impotencia. La vida en la era de su parálisis frenética (Traficantes de Sueños, Tinta Limón y Tercero Incluido, 2021)
- Emmanuel Rodríguez, El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe (Traficantes de Sueños, 2025). Un adelanto: «La era del nihilismo dulce: entre la impotencia y la catástrofe», Zona de estrategia, enero de 2025
- Andoni Alonso e Iñaki Arzoz, Bienvenidos al Colapsoceno. Distopía, horror y tecno-magia (Irrecuperables, 2023)
- Iñaki Arzoz, entrevista a Karlos G. Liberal, «La inteligencia artificial, más que describir unas tecnologías, describe una ideología», El Salto
- Marta G. Franco, Las redes son nuestras (Consonni, 2024)
- Emilio Santiago, Jaime Vindel y César Rendueles, «Colapsismo», Corriente Cálida, 14 de noviembre de 2022: https://corrientecalida.com/colapsismo/
- Mark Fisher, Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? (Caja Negra, 2016)
- Naomi Klein, «Why being a librarian is a radical choice», discurso ante la American Library Association, Toronto, 2003
- Eric S. Raymond, La catedral y el bazar (1997)
- Karlos G. Liberal, «¿Será el software una pieza fundamental para la democracia?», Medium, 2016
- Ujué Agudo y Karlos G. Liberal, El algoritmo paternalista (Katakrak, 2024)