El 11 de enero fue la fecha elegida, una fecha que quedó marcada en la memoria de muchos de nosotros. Todo cambió ese lunes 11 de enero. El previo, inesperado, como todo gran cambio. Motivos muchos, pero el exceso igual fue el detonante principal.
Lo llamaban libre mercado o neoliberalismo, y lo que sí sabemos es que todo ese previo allanó el terreno al capitalismo de datos. La búsqueda de patrones a gran escala, la segmentación y perfilado, la concentración de información en unos pocos centros de datos privados reformuló la forma de hacer los negocios, la de la distribución de las riquezas y en parte la del trabajo. El conjunto de empresas que atesoraban el poder de estas nuevas formas de producción se hicieron fuertes. Ni la Europa burocrática pudo controlar la extracción de datos personales y el capitalismo de datos empezó a controlar el mundo.
Lo público, lo privado o lo íntimo ya no se diferenciaba. No éramos capaces de saber quién y cómo accedía a esos apartados de nuestras vidas y cómo usaban esa información. Desde las empresas hasta las instituciones públicas los escándalos se sucedieron. Del ingenuo cambridge analytica de Facebook, se pasó al escándalo de Google Home y Alexa: no sólo escuchaban nuestras conversaciones sino que las procesaban y clasificaban para venderlas al mejor postor. O cuando se descubrió que un lobby pro endurecimiento de la propiedad intelectual había colocado un chip en todos los iphones para saber si se capturaban fotos con copyright. Los datos movían la maquinaria productiva y la competencia buscaba formas originales para lograr esos datos. Motivo por el cual empezaron a regalar televisiones previa firma de contrato donde dábamos permiso para registrar nuestros gustos televisivos.
Nuestros datos, realmente no eran nuestros, formaban parte de un sistema muy complejo. Empresas especializadas procesaban los datos mediante modelos estadísticos. El big-data permitía tanto el almacenaje como la distribución de toda esta información. El Machine Learning, la especialidad de la Inteligencia Artificial, se convirtió en la profesión de moda. Nos habíamos convertido en la nueva materia prima, y nuestra vida era un buzz que se tenía que exprimir en sofisticadas ciudades de silicio.
La vida se convirtió en una mala vida para muchos y en una sucesión de excesos para unos pocos. La ostentosidad se retransmitía por Instagram. Y teníamos que mal trabajar para poder vivir, pero lo hacíamos por partida doble, el trabajo asalariado y el trabajo de nuestros datos.
¿Cómo poner límite a esta desmesura?
¿Cómo poner límite a esta acumulación de poder?
Anarquistas, liberales, escépticos, radicales de datos libres, y algún grupo afín al Frente de Liberación de Metadatos empezaron a hablar de la idea de una PRIVACIDAD RADICAL. En la situación actual atacar a la gestión de datos sería una forma de regulación efectiva y se pondría límite a ese exceso. Regalamos nuestra privacidad por migajas y recuperarla nos haría libres. Imponer la privacidad como forma política era la solución.
La primera acción fue simple, dura y contundente: se prohibieron las cookies de los navegadores. Ese pequeño registro que articulaba todo un entramado de seguimiento, quedó prohibido de todos los sistemas operativos y navegadores. Se endurecieron las leyes y las multas eran astronómicas.
Por supuesto grandes corporaciones cayeron con estas medidas. Para Google la ley anticookies fue un mazazo. Sin cookies no podían saber el número de clicks en los anuncios, y los anunciantes sin el control del impacto de sus campañas fueron abandonando las empresas. Google intentó medidas sofisticadas, pero con la entrada en prisión de un directivo europeo todos vimos que su fin era cuestión de tiempo.
Otro cambio importante fue que los operadores de internet se vieron obligados a incluir sistemas de filtrado de tal manera que terceras empresas no pudieran identificar a los usuarios.
El movimiento PRIVACIDAD RADICAL explotó y lo hizo de forma contundente. El 11 de Enero todo cambió y la privacidad se exigió de forma radical a todo el mundo.
Nuestra vida cambió por completo. Por fin podríamos ser libres, decían los ideólogos del movimiento PRIVACIDAD RADICAL. Y durante un tiempo la vida fue menos intensa y sofocante. Al no poder registrar información personal las redes sociales desaparecieron. La publicidad intrusiva desapareció. Ninguna empresa podría registrar usuarios así que los juegos con suscripciones fueron desapareciendo. No fue algo dramático fue sucediendo poco a poco, en las redes sociales si le quitas el componente “ego” , la red social se desvanece, pero el cambio tuvo efectos positivos, la gente no tenía necesidad de poner morritos en Instagram, ni ensayar la lengua sexy de Tik Tok.
Sin usuarios registrados aparecieron nuevos sistemas, los samizdat arrancaron fuerte, periódicos anónimos, tanto locales como estatales tenían mala fama, pero era mejor que nada. La economía periodística de alguna forma se revitalizó.
Esos primeros años fueron de transición. La PRIVACIDAD RADICAL se fue introduciendo en más lugares de nuestras vidas. ¿Qué sentido tenía la propiedad intelectual en una sociedad que garantiza la Privacidad? No sin controversia, se prohibió firmar el material cultural. Un mecanismo de registro y anonimización permitía registrar obras quitándole la autoría. La retribución para los creadores era mucho menos lucrativa que las anteriores, pero permitió una mermada producción cultural. La industria del cine con los actores a la cabeza protestaron de forma vehemente, sin ídolos ¿que será de nuestra sociedad, de nuestra cultura? Pero cuando la Warner Bros decidió que todos sus actores tendría un proceso de postproducción digital para convertirlos en actores anónimos, el resto de la industria siguió ese camino.
El lunes 11 de enero se decidió que nadie ni nada podía tener información personal del resto del mundo. Sólo la familia de primer nivel y si vivían en la misma ciudad, podía tener algún tipo de esa información personal. Preguntar o informarse sobre alguien estaba completamente prohibido, si te pillaban con información personal te podía costar la vida.
Ahora, los cuentos se cuentan al oído.